Tema - Clima Organizacional - El le dijo: "Es una simple pregunta " ¿Formo parte del Club?


El jefe levantó la vista, incómodo. No por la pregunta en sí, sino por lo que implicaba. Él ya conocía ese tono: la mezcla justa de resignación, ironía y valentía. Una combinación peligrosa cuando viene de alguien que ya no tiene nada que perder… o que empieza a despertar.

—¿Qué club? —respondió, como si realmente no entendiera. Una actuación digna de alguien que lleva años perfeccionando el arte de mirar para otro lado.

—El club de los que cuentan —dijo el empleado con una media sonrisa—. De los que reciben la información antes de que esté en los pasillos, no después. El club de los que tienen voz aunque no estén gritando, y lugar aunque no lo pidan de rodillas.

El jefe lo miró y le dijo: esa clase de cosas no se dicen en voz alta, se insinúan con eufemismos: “alineación estratégica”, “cultura de liderazgo”, “espacios de crecimiento”. 

Pero la crudeza de esa simple pregunta había atravesado el barniz corporativo. Y eso, en una oficina donde las paredes hablan y los silencios firman convenios, era casi una falta de respeto.

—No sabía que te sentías así —intentó.

—No es que me sienta así —respondió el empleado, más tranquilo de lo que esperaba—. Es que lo soy. 

Soy parte de los que trabajan pero no figuran. Los que proponen pero no deciden. Los que llegan temprano y se van tarde, pero nunca aparecen en los brindis ni en las fotos de LinkedIn.

El jefe miró hacia el vidrio de su despacho, ese que da al resto del piso como si fuese un acuario humano. Todos ahí afuera, trabajando, hablando entre sí, mientras él está adentro, tomando decisiones importantes con “los que sí”. Los que tienen el cargo, la mirada aprobadora, la tarjeta de acceso al piso de arriba —literal y metafóricamente.

—No es algo personal —dijo, más como un reflejo que como una respuesta.

—Ya sé —dijo el empleado—. Por eso es peor.

Porque si fuera personal, al menos habría una razón concreta. Pero no: la exclusión viene en combo con la cultura, con la costumbre, con la inercia. No sos “parte del club” porque nadie se preguntó si debías estarlo. Porque los lugares se heredan, se designan, se protegen, pero rara vez se abren.

Y mientras el jefe buscaba las palabras adecuadas para cerrar el tema sin comprometerse demasiado, algo cambió. Tal vez fue la claridad de esa charla. Tal vez fue el reflejo de su propia comodidad. O tal vez fue el silencio incómodo de saber que no se trata de una persona, sino de un patrón.

Porque si en una organización hay un club, entonces hay una periferia. Y si hay una periferia, alguien la está sosteniendo. Y si alguien la sostiene, entonces hay responsabilidad.

La responsabilidad de construir un ambiente donde nadie tenga que preguntarse si forma parte. Donde el reconocimiento no sea un premio ocasional, sino una práctica diaria. Donde la inclusión no sea una campaña interna con folletos coloridos, sino una forma real de gestionar talento, bienestar y humanidad.

La responsabilidad de construir un entorno donde nadie tenga que preguntarse si pertenece.
Donde el clima laboral no se mida solo en encuestas anónimas, sino en la calidad de los vínculos cotidianos.
Donde la motivación no dependa del azar ni del aguante individual, sino de un diseño consciente del trabajo como espacio de desarrollo y no de desgaste.

Donde los valores no se escriban para las paredes, sino que se vivan en las decisiones.
Y donde el verdadero cambio organizacional no sea un rebranding, ni una bajada de línea cosmética desde una presentación en PowerPoint, sino un cambio cultural profundo, sostenido, auténtico.

Porque si hay algo que una empresa no puede terciarizar  ni maquillar, es su clima.
Y si ese clima no incluye, no escucha y no motiva, lo que se deteriora no es solo la moral del equipo.
Es la organización entera.

Lic. Pablo Montes,


 

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